Pregones de Semana Santa en Zamora

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Pregón 2005 Lucía Méndez

Señor Obispo, excelentísimas autoridades, zamoranas y zamoranos.
Como el Duero en abril entra en la casa del hombre
Hoy debo hacer lo que debí haber hecho
Perdón si antes no os quise dar la mano
Pero yo qué sabía. Vuelvo alegre
Y esta calma de puesta da a mis pasos
El buen compás, la buena
Marcha hacia la ciudad de mis pecados.
¡De par en par las puertas! Voy. Y entro
tan seguro, tan llano como el que barbechó en enero
y sabe que la tierra no falla, y un buen día
se va tranquilo a recoger su grano.
El buen día, ese buen día del que habla el poeta, nuestro Claudio Rodríguez, es hoy. Como
él, también me fui, he vuelto y las puertas de la ciudad se me han abierto de par en par. Es
Domingo de Ramos, y aquí me tenéis, de estreno como es de ley. Y tan nerviosa como los
niños que salen por primera vez en una procesión. Qué suerte haber vuelto a la tierra que
no falla, al mismo cine de nuestra infancia y juventud. Qué suerte, qué compromiso, qué
responsabilidad y qué apuro. Qué lejos estaba yo de imaginar que subiría a una tribuna en la
que me han precedido tantos y tan grandes zamoranos y zamoranas. De entre todas las
llamadas que he recibido en mi vida ninguna tan inesperada como la de Dionisio Alba
invitándome a estar hoy aquí entre vosotros. Su voz me animaba a entrar en lo que siempre
creí que era el Olimpo donde sólo habitaban los elegidos. También en esto ha cambiado
mucho el mundo. Ahora los elegidos también pueden ser los que ni en sueños aspiraron a
este honor.
Le dije que si a la primera y tal vez no debí hacerlo. Han sido muchos los días que he
querido rendirme ante la evidencia de que no sería capaz de hilvanar las palabras precisas.
Hasta que llegué a la conclusión de que hoy tendría que comparecer ante vosotros con el
corazón por delante. El pudor es una seña de identidad muy zamorana, ya lo sabéis, y sacar a
pasear los sentimientos nos es una tarea difícil. Salvo en Semana Santa, donde esperamos,
temblamos, admiramos, soñamos, nos sentimos parte de un pueblo elegido. Entonces sí.
He sido y sigo siendo crítica con esta sociedad, que es la mía. La que me hizo como soy.
Pero digo lo mismo que dijo el compositor Miguel Manzano cuando, después de haber
criticado ciertos aspectos de la Semana Santa, le encargaron que compusiera una obra coral
para ser cantada en la procesión del Cristo de la Buena Muerte. Lo aceptó porque era su
ciudad y su responsabilidad.
Además, ¿quién puede vencer la tentación de sentirse profeta en su tierra? No aquella niña
que llegó a la capital a los 9 años para ingresar interna en las Josefinas de la Avenida porque
su pueblo se quedó sin maestro. No aquella niña que antes de eso, conoció la capital desde
una pensión en la Puerta de la Feria. No aquella niña que sólo salía del colegio para ir al cine
los domingos y luego volvía por esta calle en la que estamos con el olor de las galletas
Reglero. No aquella niña que la última vez que salió de su iglesia la Virgen del Tránsito para
ir hasta la catedral, leyó la epístola ante el obispo. Tan nerviosa como ahora, por cierto. No
aquella adolescente del Instituto María de Molina que estudiaba por las tardes en una
Biblioteca con vistas a la iglesia de San Cipriano. No aquella que dejó el barrio de San José
Obrero para irse a Madrid con la Enseña Bermeja en la solapa. Así que en nombre de aquella
niña, gracias a todos. A los que me han invitado a subir a esta tribuna y a los que habéis
venido a escucharme. A todos os pido piedad y comprensión si este pregón no alcanza el
lirismo de casi todos los que me han precedido.
Siendo yo periodista, era inevitable que el vértigo de la actualidad me acompañara en esta
aventura. Y así, el presidente de la Junta pro Semana Santa que me propuso estar hoy aquí,
ya no lo es. Dimitió y quien le sustituye, Pedro Julián, hace frente a su primera Semana Santa
supongo que con la misma inquietud y responsabilidad que yo al dirigirme a vosotros.
Sé que habéis vivido con intensidad y preocupación los últimos meses de debate en torno a
nuestra celebración. Ya os digo que no será ni el último debate ni la última polémica. Basta
volver la vista hacia nuestra historia, larga historia, para saber que siempre fue así. Lo que en
otras partes son cuestiones menores aquí se discuten con la categoría de temas de Estado.
¿En qué otro lugar del mundo se tapan con lienzos los pasos de las escenas de la pasión de
Cristo en señal de protesta? La Semana Santa es el catalizador de la energía de este pueblo,
de nuestro pueblo. Y eso es, precisamente, lo que la hace inmortal, especial y única. Me han
llegado los ecos de la rivalidad entre cofradías de mañana y tarde y hermandades de noche.
Creo interpretar la voz del pueblo si os digo que nosotros somos de todas. Ahora habla la
periodista, tanta pasión y efervescencia sólo las hallé en los centros de poder más elevados.
Repito aquí lo que dijeron casi todos mis antecesores: ¿Qué sería de Zamora si el mismo
caudal de energía lo empleáramos en otras cosas? ¿A dónde hubiéramos llegado si en todo
pusiéramos la misma perfección? No hay respuesta para eso.
Hasta donde nací no llega el rumor de la capital. Está lejos Sanabria, tierra verde y de vida
dura. Está tan lejos que allí nunca llegaron los ecos del Merlú ni la solemnidad escalofriante
de la Marcha de Thalberg. Nací para la Semana Santa seguramente más tarde que todos
vosotros. Fue en la adolescencia, cuando las vivencias se hacen más profundas y despiertan
los sentidos y el espíritu. Entonces se nos metió en el cuerpo una pasión que nunca nos
abandona. Ni siquiera cuando la rebeldía juvenil nos hace cuestionar los fundamentos de la
sociedad y la familia. Ni siquiera cuando criticábamos la endogamia de los mandamases de la
Semana Santa. Tampoco cuando poníamos en cuestión la calidad artística del último paso de
la Santa Cena de la Veracruz o cuando encontrábamos pegas a las modernas obras de
Coomonte que se incorporaba a la procesión del Lunes Santo. ¿En qué otro lugar los legos
en la materia opinan sobre el patrimonio artístico? Tan nuestra consideramos la Semana
Santa que nos permitimos el atrevimiento de opinar sobre todo.
Fui educada en la pasión. Mi madre me llevaba a los oficios del jueves y el viernes santo y
nunca se me han olvidado los pasajes del Evangelio en los que se contaba la última semana
de Jesús. Era una gran historia en la que los niños de entonces aprendimos a leer la vida.
Llegué a la Semana Santa en el tiempo de la rebeldía. Quizá por eso nunca he desfilado por
el centro de la calle. Era una forma íntima de protestar por que en las cofradías de hombres
no nos dejaran entrar a las mujeres. La rebeldía en Zamora siempre ha sido distinta. No es
cierto que las revoluciones pasaran de largo por aquí. Eramos revolucionarios, a nuestra
manera. Mientras los jóvenes de París buscaban la playa bajo los adoquines, la juventud
zamorana puso en pie algunas de las más hermosas procesiones. Nuestra sangre hervía, pero
al modo zamorano. Hervía debajo del caperuz de las Siete Palabras, al lado del Cristo de la
Agonía, hervía bajo la túnica monacal del Espíritu Santo, hervía calle Balborraz abajo, en las
teas que acompañan al Cristo de la Buena Muerte. Hasta entonces censurábamos a los
cofrades que no se comportaban como es debido, a los que no guardaban silencio, a los que
gritaban desde las aceras o a los que no iban debidamente formados.
Nosotros, los zamoranos, siempre nos hemos rebelado a base de afianzar nuestras señas de
identidad, aprendiéndonos de memoria el Romancero de Zamora, sintiéndonos herederos
de una historia milenaria. Lo que se nos negaba más allá del Puente de Villagodio, lo
cimentábamos nosotros en las piedras de la muralla, en el románico de nuestras iglesias y en
la eterna soledad de nuestras calles.
Era una cuestión de dignidad. La dignidad con la que el rey Fernando I le dijo a su hija, la
reina Doña Urraca: “Otras con mucho están pobres y tu estás rica sin nada”. Nos gustaba
sabernos “ricos sin nada” y dignos, a pesar de que el mundo nos situara entre el olvido y
ninguna parte. Y nos apasionaba la Semana Santa porque, durante estos días, nos sentíamos
más que nunca parte de un pueblo especial. Era y es nuestra forma de reivindicarnos a
nosotros mismos.
Muchas veces me han preguntado, como a vosotros, qué tiene de especial esta Semana
Santa, si nuestros pasos no son tan rutilantes como los de Valladolid ni las escenas tan
espectaculares como las de Sevilla. Yo creo que lo especial está en nuestro interior. El
pueblo, nuestro pueblo, es el protagonista, toma la calle y proclama sus señas de identidad.
Ahora que tanto se habla de identidades, amigas y amigos, yo creo que la Semana Santa es
nuestro hecho diferencial. Miguel de Unamuno, que anduvo por estos paisajes, lo explicó
muy bien en su sentimiento trágico de la vida.
“Resolveríamos mucho si saliendo todos a la calle y poniendo a la luz nuestras penas, que
acaso resultaran ser una pena común, nos pusiéramos en común a llorarlas y a dar gritos al
cielo y a llamar a Dios. Aunque no nos oyese, que sí nos oiría. Lo más santo de un templo
es que es el lugar al que se va a llorar en común. Un Miserere, cantado por una
muchedumbre azotada del destino, vale tanto como una filosofía. Hay algo que llamaremos
el sentimiento trágico de la vida que lleva tras sí toda una concepción de la vida misma y del
Universo. Y ese sentimiento pueden tenerlo, y lo tienen, no sólo los hombres individuales,
sino pueblos enteros. Y ese sentimiento, más que brotar de ideas, las determina”.
Así es. Nuestra Semana Santa nos determina. Los zamoranos salimos a la calle en primavera
a poner nuestras penas y alegrías en común. Cuando las cigüeñas hace tiempo que han
vuelto a la iglesia de Santa Lucía, y el mirador se llena de gentes que nunca se cansan de ver
cómo fluye el Duero. Cuando en los jardines de la Catedral no cabe nadie más. Cuando en
las aceras esperamos dos y tres horas para ver las estrellas doradas del manto de la
Esperanza, las manos de la Soledad, el incensario del Silencio, la cara de Jesús en su Tercera
Caída, el dedo de la Virgen engarzado en el cabello del hijo en el Descendido, la Reverencia,
las capas pardas, el niño de los clavos, el caballo de Longinos…
Es el momento de la primera luna llena de la primavera. La renovación de la naturaleza y la
pasión de Cristo van de la mano. Durante unas horas, unos días, todos nos sentimos
identificados con el personaje de Jesús. Desaparecen las diferencias, las clases sociales y las
ideologías. ¿Quién no ha sentido alguna vez el abandono, la traición, la duda, de las largas
horas de la pasión? De todo eso hablamos. Del sentimiento de pérdida, de comprensión, de
misericordia, de superación, de dolor, de alegría, de vida y de muerte. Habitualmente, los
zamoranos lloramos hacia dentro, gozamos hacia dentro, miramos hacia dentro, vivimos
hacia dentro y morimos también hacia dentro. Salvo en esta semana, que todo eso lo
hacemos hacia fuera.
La cuenta atrás de la vida de las gentes de esta tierra no tiene como medida la Navidad ni el
verano. Es ahora, hoy mismo y mañana y así todos los días, hasta que el Cristo resucitado y
su madre se encuentran en la Plaza Mayor. Es ahora, viviendo en la calle la pasión y muerte
de Cristo, cuando sentimos el paso del tiempo. Abrimos los ojos a la vida acompañando a
nuestros padres a la procesión y antes de darnos cuenta vamos con un niño de la mano que
pregunta:
-Mamá, ¿por qué lo mataron?
-¿Por qué van descalzos?
-¿Quién era la Verónica?
-¿Son personas las que van debajo de la capucha?
También a los niños, sobre todo a los niños, les gusta la Semana Santa. Ellos nos ayudan a
verla con ojos nuevos después de tanto haberla visto.
Es tradición, sí. La palabra tiene mala fama fuera de aquí e incluso aquí mismo. ¡Cuánto nos
hemos flagelado en Zamora por no ser capaces de romper el círculo de las tradiciones!
¡Cuánto nos hemos compadecido de nosotros mismos! Un filósofo muy sabio, George
Santayana, buen conocedor del alma castellana, reivindicó la tradición como inseparable de
la vida misma. “Es costumbre, dicen. Si no fueran cosas de costumbre, ¿qué razón hubiera
habido para hacerlas? ¿Qué razón podría haber para vivir si el vivir, el padecer o el morir no
fueran costumbres? Inclinándose hacia la costumbre, el hombre puede preservar su dignidad,
quebrantándola, caería en la confusión mental”.
Hace treinta años, un grupo de muchachos, cansados de jugar a procesiones por las calles
del casco antiguo, decidieron ponerse a la obra para crear ellos mismos su propio desfile.
Eran casi adolescentes y todos coincidían en que la austeridad y la penitencia debían ser las
señas de identidad de su hermandad. Buscaron la imagen adecuada, debatieron durante
meses sobre el material de las túnicas, la iluminación, el recorrido… Encontraron la
respuesta extramuros, en la Iglesia del Espíritu Santo. Una talla gótica de la segunda mitad
del siglo XIV que apareció emparedada y mutilada en un nicho del presbiterio. Lo viejo y lo
nuevo. Igual que todavía hay un trozo de muralla en el escaparate de un banco, una de las
cofradías más modernas tiene como imagen titular el Cristo más antiguo de cuantos desfilan.
La idea no gustó nada a las autoridades. Aquellos jóvenes eran tan revolucionarios que
incluso pensaron en salir ellos solos por la calle con el hábito cisterciense y la imagen del
Cristo sin testigos ni espectadores. Afortunadamente, alguien les hizo entrar en razón.
Tienen ya más de 40 años los de entonces y son ellos los que abren, los que ya han abierto,
la puerta de la Semana Santa. Sabían lo que hacían. La Hermandad Penitencial del Espíritu
Santo llena el Viernes de Dolores y los zamoranos la han integrado ya en su imaginario.
San Lázaro, un barrio siempre de paso, se convierte en el centro de la ciudad cada lunes
santo. Hace años que la iglesia dejó de acoger en uno de sus altares al Cristo de la Tercera
Caída. Hay quien piensa que nunca debió salir de ahí. “La escultura es el arte más profundo,
para ser intensa, para ser fuerte, para ser duradera tiene que ser honrada y sincera”. El
rostro de este Jesús caído es todo eso que decía el escritor. Quintín de la Torre lo esculpió
poco después de morir su hijo. Toda la ciudad, todavía hay pocos forasteros, se echa a la
calle para verlo cuando cae la noche del lunes.
Os animo a contemplar el desfile a la salida, cuando los pasos se pierden calle del Riego
arriba. Y hacia la medianoche id a la plaza del Fresco, cuando se apagan las luces, y sale de
San Vicente el Cristo de la Buena Muerte. También lo encontraron los jóvenes de entonces,
tras una larga búsqueda. Allí las teas crepitan más porque aún están recién encendidas y los
cantos gregorianos del coro se multiplican porque doblan las campanas. Recordaréis a
monseñor Uriarte. Anduvo por aquí y supo captar mejor nuestra realidad que nosotros
mismos. La primera procesión que vio en Zamora fue ésta y ha dejado escrito que encontró
en ella “una sintonía entre significante y significado, entre la procesión y el misterio de la
muerte de Jesús”. Añadió que en los hábitos monacales, en las sandalias y pies descalzos, en
el estribillo repetido del Jerusalem, encontró mucha más verdad que en ninguna otra parte y
recordó con inmenso cariño a todos los suyos que también tuvieron una buena muerte.
Ayer fue San Lázaro y hoy serán San Frontis, Cabañales y La Horta. Ya es martes. Del otro
lado del río hace días que trasladaron al Nazareno de túnica morada. De San Frontis lo
trajeron y el martes lo devolverán. La Virgen de la Esperanza le acompañará en este último
viaje y juntos cruzarán el Duero por el puente de piedra hasta separarse definitivamente. Es
noche casi siempre húmeda y ventosa cuando las siete palabras salen de la Iglesia de Santa
María de la Horta. Nunca ha sido una procesión tan célebre ni famosa como otras, a pesar
de haber hecho Historia siendo la primera cofradía que permitió desfilar a las mujeres junto
a los hombres. En la sencillez del Cristo de la Agonía o de las siete palabras que le faltaban a
nuestra Semana Santa resume y condensa bien nuestra forma de ser.
La noche ha caído ya sobre Zamora, pero en la Catedral es de día. Está llena de hombres
con hábitos de estameña blanca que han cruzado la ciudad en procesión con el caperuz rojo
en la mano. Los forasteros se chocan con ellos por Santa Clara o en la Plaza de los Ciento y
los observan con asombro. Aún no se ha formado el cortejo procesional y ellos ya van
andando en silencio. En las vallas de la plaza de la catedral se encaraman los más jóvenes. La
muchedumbre busca un puesto, cualquiera vale, para ver la salida del Cristo de las Injurias.
Esa talla de la que tan orgullosos estamos porque dicen los expertos que es una de las
mejores del renacimiento español. Los estudiosos discuten sobre quién es el autor y aún no
se han puesto de acuerdo. Aunque cuando sale al atrio de la Catedral, los zamoranos
piensan que igual devoción le guardarían, si este Crucificado no fuera arte tan valioso.
Hasta cuando no es Miércoles Santo y lo vemos nos sentimos obligados a guardar silencio
ante él. ¿Por qué nos impresiona tanto? Quizá por lo que decía poeta León Felipe, más
zamorano de lo que él creía: “Nada se ha inventado sobre la tierra nada más grande que la
cruz. Hecha está a la medida de Dios y hecha está también a la medida del hombre”. Ese “Sí,
juramos” que retumba en un cielo casi siempre nublado tiene detrás toda la dignidad, el
orgullo y la honradez a la palabra dada. Zamora se resume ahí, en el juramento del silencio y
en el Cristo de las Injurias. En ese paso que avanza con los brazos abiertos por la Rúa de los
Notarios, cabe crucificado Dios, el que pone en comunicación nuestro pequeño recinto
planetario con el universo de lo absoluto.
Los visitantes y los niños se fijan en un detalle. Son muchos los pies que van descalzos y se
hacen daño por las rúas empedradas. Cada hermano descalzo tiene una historia detrás.
Quizá un hijo que estaba enfermo y se curó. Tal vez una madre o un padre enfermos que
esperan sentados en la Plaza de Viriato a que pase la procesión. O una mujer embarazada
esperando el primer hijo. Sueños, deseos, aflicciones, penas y congojas han sido depositadas
por muchas generaciones de zamoranos a los pies del Cristo.
Siempre hay una diferencia entre cómo nos vemos a nosotros mismos y lo que ven los
demás. Fuera de aquí, os digo que la procesión más conocida de nuestra Semana Santa se
llama las capas pardas. En efecto, todo en este desfile es espectacular. El Cristo de los
cardos y la calavera. El sonido de ultratumba del bombardino. Las carracas, que requieren
una exhaustiva explicación para los que no son zamoranos. El cortejo no puede ser más
tenebroso. La puesta en escena por los arrabales es perfecta. Un director de cine no tendría
más que filmarla entera, a su paso por Trascastillo, para lograr una película acerca de lo
sobrenatural. Ni siquiera necesitaría banda sonora. La ponen el bombardino y las carracas.
Como pueblo y como conciencia crítica, algunos hemos tenido una relación desigual con
esta procesión. Hora es ya de confesarlo. Nos molesta que los de fuera la conozcan más
que a otras. Y nos queda aún ese regusto amargo, que en la juventud era protesta formal, de
que sea un desfile con rígido sistema de cupos. Pero sobre todo, lo que más nos duele, es
que el miércoles santo por la noche ya no hay quien pueda ver las capas pardas desde la
acera. Nos han invadido los turistas.
Ningún otro día del año está la ciudad tan alterada como el Jueves Santo. Empezamos de
buena mañana con la Vírgen de la Esperanza hasta caer rendidos a mediodía del viernes. Los
recuerdos más vivos nos llevan a las tardes soleadas de la Veracruz. Pasé un Jueves Santo en
Jerusalén y os aseguro que la Vía Dolorosa del Evangelio es mucho más dolorosa en las
calles de la vieja Zamora que en la atormentada ciudad donde tuvo lugar la tragedia que
representamos más de dos mil años después. Allí sólo unas cuantas religiosas siguen el
camino de la pasión entre los soldados de dos ejércitos. Las estaciones por las que
transcurrió el Vía Crucis están tan tapadas que hay que buscarlas.
En Zamora, sin embargo, revivimos el auto sacramental gracias a los artistas que han tallado
las estaciones más con el corazón que con las gubias. La imaginación echa a andar con la
llegada del Barandales. Nadie supo explicarnos de dónde viene y nos preguntamos qué clase
de hombre será. Carga con pesadas campanas que no paran de sonar en toda la tarde. Le
miramos la cara, pero él no nos ve, mirando eternamente hacia delante. Sólo las vendas de
las manos nos recuerdan que las campanas deben pesar mucho. Siempre era el mismo hasta
que un año de repente cambió. Tardamos en darnos cuenta de que ya no era el mismo
porque Barandales es tan nuestro que no nos fijamos en él. Aparece a lo lejos, nos anuncia
su llegada y ni siquiera nos preguntamos qué clase de hombre se esconde detrás de sus
muchas túnicas.
Cada zamorano guarda en la memoria el rostro de los personajes de este trozo de la pasión.
Los apóstoles de la Santa Cena, el soldado romano que muestra burlonamente a Cristo
mientras Pilatos se lava las manos, el que sostiene la cuerda en El Prendimiento. Vemos
pasar por delante las miserias, la envidia, la culpa, el perdón, la traición, la frialdad, el deber,
la ira, la cobardía. La vida misma desfila en las figuras esculpidas por artistas zamoranos. Los
pasos avanzan con elegante cadencia, la música de las bandas, llegadas de fuera, suenan de
calle a calle. Si uno mira hacia lo más alto, es hermoso el espectáculo de las figuras
recortándose ante la piedra de los edificios históricos. La Veracruz es la procesión más
antigua y también la más familiar. Tanto que para asombro de muchos forasteros incluso se
hace un alto en el Castillo para merendar. Pasan bebés vestidos de morado en los brazos de
sus padres y muchos mayores lamentan haber llegado a esa edad en la que no se tienen
fuerzas ya para salir a la calle tantas horas.
Os invito ahora a viajar en el tiempo. Estamos en el Museo de Basilea un día de abril de
1867. Un matrimonio pasea por las salas del museo. El hombre, frágil y enfermizo, se
detiene ante un cuadro: “El Cristo en el sepulcro” que Holbein el joven pintó en 1521. Sus
ojos no pueden apartarse de aquel cadáver. La mujer se vuelve hacia él y percibe el
magnetismo de su rostro. El hombre musita en voz baja: “Un cuadro así puede hacer perder
la fe”. Se queda mirándolo todavía unos minutos. Cuando regresa al hotel, aquel hombre
tiene un terrible ataque epiléptico. Se llama Fedor Dostoievski y es ruso. El todavía no lo
sabe, pero pasará a la Historia como uno de los más grandes escritores de todos los
tiempos. La visión del Cristo de Holbein marcó un antes y un después en su vida. En su
novela “El idiota” nos dejó escritas las razones. “Ante un muerto así se descubre qué
terrible es la muerte, que se aparece como una fiera enorme, como una fuerza oscura e
insolente, eternamente absurda, a la que todo está sujeto y a la que nos rendimos sin
querer”. El escritor se pregunta: “Si aquel maestro hubiera podido ver la víspera de su
suplicio ésta su imagen de muerto, ¿se habría atrevido a subir a la cruz?”. Dostoievski perdió
el sentido porque al ver este cuadro se percató de lo que representa para el hombre la
muerte de Dios.
No sabemos si Francisco Fermín, el artista que talló en el siglo XVI una escultura yacente
para el sepulcro de un noble, conocía la pintura de Holbein. Pero muchos siglos después, en
la media noche del jueves santo, cuando pasa ante ellos la imagen de Jesús Yacente, miles de
personas experimentan en las calles de Zamora la misma emoción que el escritor ruso,
aunque no sean capaces de expresarlo. La seguridad de que resucitará no le quita espanto, ni
tristeza, ni escalofrío a la visión de este cuerpo transportado en andas como debía hacerse
en los entierros de los grandes señores.
Veíamos la procesión varias veces, después de prepararnos oyendo los ensayos del
Miserere. Aquel hombre bueno que dirigía el coro, don Jerónimo, fue nuestro profesor en
el instituto. La Cuesta de Pizarro era el escenario. La estrechez de la calle entre los dos
muros nos permitía meternos de lleno en la escena, oír mejor las esquilas del viático y
escuchar el sonido de las cruces de penitencia desgastadas por los cantos rodados del
empedrado. Los tambores retumbaban como en ningún otro lugar, casi podíamos tocar la
sábana blanca y quemarnos con los hachones. La luna llena hacía el resto. Buscadme una
persona en todo el mundo que no se conmueva con la procesión del Yacente. No la
encontraréis. Hasta Zamora han venido gentes que tenían mucha fe y otros muy poca. Hasta
los más descreídos experimentan la misma fascinación que Dostoievski ante el cuadro de
Holbein. Cuando se apagan las luces de la Plaza de Viriato y entra el Cristo muerto por uno
de los laterales se callan y no vuelven a hablar hasta que el Coro acaba de entonar el
Miserere. Una música familiar y misteriosa al mismo tiempo. Sorprendidos, admirados,
emocionados incluso, confiesan que han pasado por uno de los momentos más espirituales
de sus vidas. Y entonces nos damos cuenta de lo que somos capaces de conseguir.
Conozco bien lo que se siente como espectador, y siempre me pregunté cómo se veía la
ciudad esa noche debajo de un caperuz o con una cruz de penitencia sobre los hombros.
Pedro Alonso cargó el año pasado con los más de 30 kilos que pesan las dos maderas y me
dijo que incluso con la cruz a cuestas fue capaz de sentir a través de la túnica la devoción y
el ruido de la respiración de las miles de personas que se apiñaban a su paso. Hasta Santa
Lucía llegó bien, pero ya en la subida de la Cuesta de San Cipriano le fallaban las fuerzas. A él
la cruz le llegó a tiempo para cargarla. Hay cientos de zamoranos esperando y temiendo que
les toque el turno cuando las fuerzas físicas les hayan abandonado y no puedan cargar con
ella. Los forasteros miran con asombro porque ellos no lo acaban de entender.
“Os parecerá imposible que en este aturdimiento, ante tanto silencio, se puedan alcanzar
momentos más parcamente escuetos. Y, sin embargo, los hay. Venid conmigo después de
que el Yacente quedó enterrado en el templo y el último cofrade cerró el portalón de su
casa. La ciudad duerme sin sueño. Unas mujerucas alistanas y algunas mozas también de la
tierra del Pan o de la tierra del Vino mal descansan acurrucadas en los soportales de la Plaza
Mayor. No duermen, claro. Repasan lo visto, mientras el Merlú recorre las calles como un
fantasma, suelto como una pena”. He querido rescatar este pasaje del pregón que Enrique
del Corral pronunció en 1957. Era periodista y zamorano, orgulloso de serlo hasta su
muerte. Sea este recuerdo el homenaje a todos los que hicieron que la Semana Santa sea lo
que es.
La leyenda precede al desfile de la Cofradía de Jesús Nazareno. Una leyenda muchas veces
negra que habla de gamberrismo y excesos. Esta procesión, ella sola, daría lugar para una
obra literaria. La historia está llena de desencuentros entre la oficialidad y la Congregación.
El descontento de la jerarquía eclesiástica fue tan sonado que hasta quisieron prohibirla. Fue
por esa época cuando abandonamos la infancia. Lo supimos porque nos dejaron quedarnos
toda la noche fuera de casa. Vagábamos por las calles agotados de cansancio y de frío,
esperando que llegara la hora, las cinco de la mañana. He oido que hubo un tiempo en el
que uno se podía mover en el interior de la iglesia de San Juan cuando llegaba el Merlú. Y
también dicen que era posible presenciar el bamboleo del Cinco de Copas antes de que los
cargadores hicieran la maniobra de salida. Nunca pudimos cumplir el deseo de ver bailar el
Cinco de Copas en la Iglesia de San Juan y de asistir en directo al rito de la primera Marcha
de Thalberg. Nunca supimos por qué la banda no la podía tocar antes de la madrugada del
viernes.
La Plaza de Alemania, es, probablemente uno de los lugares más fríos de la ciudad. Allí
hemos vivido amaneceres de niebla, de lluvia, de heladas y de sol. Como aquellas mujerucas
de Aliste, esperábamos en este cruce de todos los vientos la llegada de la procesión.
Teniamos también, hay que confesarlo, otros deseos. Esperábamos escuchar algún piropo y
atisbar detrás del caperuz negro de punta roma los ojos de la admiración, la amistad e
incluso el amor. Esperábamos almendras garrapiñadas y soportábamos con paciencia que nos
pusieran en la mano cualquier otra cosa. Qué de cosas se decían de esta procesión y qué
cantidad de fondos hemos aguantado con los rigores del alba en los huesos.
Retrocediendo dos pasos, con la espalda bien pegada a cualquier fachada, esperábamos
ansiosos la llegada de Redención. Siempre fue la obra de Mariano Benlliure uno de nuestros
iconos favoritos. El artista llegado del Mediterráneo entendió mejor que nadie el alma de
Zamora. Leímos que ya el 3 de abril de 1931, cuando salió a la calle por primera vez,
nuestros paisanos, todos, se sintieron tan deslumbrados que le dedicaron un aplauso. Los
cargadores se inclinaron sobre el escultor, estremecidos por esa lección de sufrimiento
humano y superación divina. La policromía es suave. No hay dramatismo en ese Cristo que
carga con una cruz que no parece pesarle porque él mita hacia el infinito. Hay dulzura en
este rostro, y palidez, y serenidad, y tolerancia, y generosidad y perdón. Decía el poeta:
“Nada se ha inventado sobre la tierra más grande que la cruz. Hecha está a la medida de
Dios y hecha está a la medida del hombre”.
Hay armonía. también en la cara de Simón de Cirene. Hasta la desesperación de la
Magdalena, cayendo abatida, agotada a los pies de Cristo es tranquila y sosegada. Benlliure
nos dijo que para las proporciones de las figuras se había valido de modelos, pero el
conjunto lo vio cerrando los ojos, en su imaginación”. Muchas veces, ya bien entrada la
mañana, al regreso por Santa Clara, el sol se refleja en el medallón y nos devuelve un círculo
de luz sobrenatural. Tan sobrenatural como el contraluz del rostro de Jesús camino del
Calvario, rodeado de los cuatro romanos despreocupados, gracias a los cuales aprendimos
las primeras lecciones de Historia.
El ruidoso pueblo del que habla el Evangelio se prepara para acompañar a Cristo en la cruz
hasta el Gólgota, que en Zamora se llama Tres Cruces. Una de las cosas más difíciles de
creer fuera de nuestras fronteras es que a las nueve de la mañana, alguien sea capaz de
comer sopas de ajo. Recuerdos imborrables guardamos de esas reverencias en las que los
cargadores de los pasos, tantos en esta procesión que siempre se nos olvida alguno, rivalizan
en destreza para inclinarse delante de la imagen de la Soledad.
La Virgen de Ramón Alvarez, cuya obra como imaginero tan bien representa el espíritu
zamorano, saldrá a la calle el sábado acompañada de miles de mujeres y ataviada como
siempre nos gustó. Con el velo negro del dolor mecido por el viento a su paso por
cualquier calle. La Soledad nos representa bien a los zamoranos, como ha escrito mi
profesor, Miguel Angel Mateos. “De larga toca negra. Pero sublimando el dolor, sin
estridencias. Reducida a lo esencial, simple como nuestras convicciones. Dolor, serenidad y
resignación. Con la noble elegancia de quien asume un fatalismo inevitable, resignadamente
aceptado. Patria chica pobre, dolida y en esa misma medida, nostálgica y amada”. Digo yo
que a lo mejor por eso hay tantos zamoranos que llevan la estampa de La Soledad en la
cartera. Ella ha hecho tiritar a miles de espíritus y sola ha inspirado cientos de poemas en
personas de toda clase y condición. Os dejo la exaltación del escritor Juan Carlos Villacorta.
Que se callen en el río,
Los molinos y campanas,
Que la amapola se seque
Y se envicie la espadaña
Que las niñas de Olivares
Se desvelen con el alba
Que va la Virgen llorando
Palabras de amor, palabras.
El Santo Entierro, con su oficial solemnidad, pone casi un punto y final a la Vía Dolorosa.
Todavía nos queda asombrarnos con el caballo de Longinos, en ninguna otra parte se sabe
tan bien como aquí el nombre del soldado que cruzó con una lanza el costado de Jesús en la
cruz y con El Descendido, que Benlluire talló a los 15 años tomando como modelo a su
propia familia. O con la conducción al sepulcro y el retorno de la Virgen y San Juan tras
depositar el cuerpo en la tumba de José de Arimatea.
Las elegantes túnicas de terciopelo negro se guardan mientras los forasteros nos van
dejando solos. Nos quedamos con la madre, esa madre que no conoce más justicia que el
perdón ni más ley que la del amor. La advocación de la Vírgen con el hijo muerto en el
regazo ha recibido muchos nombres en la historia del arte. Piedad, Dolorosa, Angustias. En
Zamora la llamamos Nuestra Madre. Ramón Alvarez no la esculpió tan perfecta como la
Soledad. En casa cruzamos los dedos para que no llueva. La ropa negra está preparada. La
tulipa, limpia de cera del año pasado. Laura vuelve todos los Viernes Santo porque dice que
“mola mucho” la procesión.
Creo que ella desfila junto a esas miles de zamoranas porque sabe que, en algún lugar, allí
arriba, su abuela la está mirando. Yo la dejo en la puerta de San Vicente, donde mi madre oía
misa los domingos, y después la veo en San Torcuato y en Santa Clara. Siempre le pregunto
si tiene frío y me dice que no. Yo sé que lo tiene, pero no le importa. Ella, como tantas
niñas y niños zamoranos, está tomando el testigo. Estoy segura de que todas las noches de
Viernes Santo, en algún lugar, desde allí arriba, mi madre puede verla y se siente orgullosa de
ella. Como lo está su abuelo y como lo están los zamoranos cuando ven avanzar a Nuestra
Madre.
Este año saldrá con caperuz, como me gustaría a mi haber desfilado cuando tenía su edad.
Habrá 300 mujeres como ella en la procesión de Nuestra Madre. Por primera vez en la
Historia, una mujer, Josefina Yugeros, preside una Cofradía. Nuestra Madre volverá hasta la
Catedral, como en los primeros años del siglo pasado.
Es una prueba de que la Semana Santa sí cambia. Está cambiando y eso significa que está viva.
Es conmovedora en un sentido que no tiene nada que ver con el sentimentalismo, sino más
bien forma parte de los sentimientos más auténticos. Donde otros ponen tempestades,
nosotros ponemos silencio. Detrás de cada una de las tallas con mayor devoción, detrás de
cada pliegue de estos días, en palabras del escritor Stefan Zweig, parece esconderse la noche
eterna y brillar la luz eterna. Nuestra Semana Santa irradia el sentido de lo eterno. Miles de
personas, ciudadanos de todas las condiciones sociales, de los pueblos y de la capital, de los
barrios y del centro, son los protagonistas de un suceso íntimo y a la vez compartido con
los demás. El murmullo de las aceras se convierte en la voz de este pueblo.
Hay quien dice que es un estado de ánimo lo que se pone en común estos días. Otros
hablan de expresión de identidad, reencuentro de familias, espíritu de fraternidad. Llamadlo
como queráis. Manifestación cultural, renovación de la fe religiosa, misticismo, piedad
popular, deseos de fiesta, exaltación de las raíces, eterna costumbre. La Semana Santa se
vive en Zamora con el respeto que exigimos para lo que nos es propio. Con el orgullo de
saber que al menos esto lo sabemos hacer mejor que nadie. Regresamos al origen, donde no
cuentan las vanidades, donde aprendimos a ser lo que somos, donde nadie es más que nadie.
Hoy saldremos con las palmas de la Borriquita y dentro de una semana pondremos flores a
la luz de la Resurrección y le quitaremos a la madre el manto negro cuando se encuentre
con el hijo en la Plaza Mayor. La Borriquita y la Resurrección son dos destellos de
optimismo y alegría en medio del llanto. Seguiremos el resto de los días la senda de León
Felipe.
“Creo en la dialéctica del llanto.
El hombre llora al mediodía y en la noche…
Y entre dos luces, cuando canta el gallo”
Abramos de par en par las puertas de la ciudad de nuestros pecados, abramos los ojos y el
corazón para inclinarnos ante lo infinito, pues no existe para el hombre sentimiento más
necesario.
El gran maestro de la escritura, José Jiménez Lozano, escribió que “esta tierra tiene, aquí en
Castilla, zonas tan esteparias y de tan solemne pobreza que ella misma puede tomarse a
imagen de todo el abandono de Cristo en su agonía. Y, desde luego, de la nada y desnudez
en que el hombre ha de andar en la búsqueda de lo único”. Dispongámonos a andar, un año
más, a la búsqueda de lo único.
Os deberé este honor toda la vida. Deseo que tengáis la mejor Semana Santa de la Historia.
Yo ya la he tenido.
Muchas gracias.





PREGÓN SEMANA SANTA 2004 

Jose Luis González Vallvé 

INTRODUCCIÓN: sobre el difícil intento de expresar algo tan bello, profundo y trascendente como la Semana Santa, y más en la ciudad de Zamora.

Hoy vengo a pregonar. 

A pregonar la Semana Santa de Zamora. 

Al comenzar a pensar en ello, sentí la angustia de tener sólo la palabra, mis pobres palabras, para poder expresar tanto recuerdo, tanta emoción, tanta vivencia. 

Al comenzar a pensar en ello, sentí el vértigo que produce la pretensión, nunca cumplida, de la tarea que quisiéramos perfecta. 

Al comenzar a pensar en ello, me encontré escribiendo a pico, escalando siempre la pared norte de mí mismo, pretendiendo llegar a esa emoción intelectual que produce leer y oír de los demás la perfección de las palabras que nos acercan al rumor del cerebro y al sentir del alma. 

Escribir, escoger, colocar y ordenar las palabras, las pobres palabras, es pretensión casi vana para describir, retratar, compartir con vosotros eso tan grandioso, tan lírico y luminoso, tan musical y místico, tan personal y colectivo, tan artístico y familiar, tan popular y trascendente, que es nuestra Semana Santa.

Así es que lo inicio con el temor de pensar que este pregón sólo será una maqueta escrita de una realidad que hoy comenzamos a vivir de nuevo una vez más, y que desborda en su expresión, en su luz, en su sonido y en su alma, cualquier pretensión de este pobre lenguaje mío. 

Profundidad, en la reflexión casi filosofía, belleza en el lirismo, casi mística; esa sería, quizás, la pareja perfecta.

Pero, el Señor nos dijo “Venid a mi todos los que andáis agobiados” y yo, que estaba agobiado, una vez mas, he recurrido a Él.

Sí, esa mezcla de filosofía y lirismo sería justa y oportuna para asuntos de la vida corriente, pero resulta vana y alicorta si lo que se quiere es hablar de la Semana Santa, pues en ella estamos acercándonos a algo mucho más trascendente, a algo que debería estar más cerca de la mística, de lo sublime, de las dudas que todos tenemos sobre este mundo y esta vida... Ya se sabe que adonde no llega la filosofía, o la ciencia, adonde no puede llegar el lirismo para poder aunque solo sea percibir el rumor de lo trascendente, sólo se puede llegar con la FE. 

Sí; para hablar de la Semana Santa, hay que hacerlo desde la fe, o al menos desde el drama de la duda de la fe: La fe en ese Dios que se encarnó hombre y sufrió y murió por nosotros, la fe en el que resucitó al tercer día. Sin ella, cualquier intento de glosar la Semana Santa podría ser profunda reflexión filosófica o bello lirismo, pero se quedaría en el ámbito de lo intrascendente, de lo artificial, casi de lo vano. Sí, creo sinceramente que se necesita la fe para comprender, interpretar e intentar, humildemente, expresar nuestra Semana Santa.

Lo bueno es que probablemente vale para ello cualquier clase de fe:

La del inocente que, aún hoy, se emociona (y da gusto verlo) con el Huerto de los Olivos, se entristece con el Crucificado y se alegra con el Resucitado; o la fe del que elabora más su pensamiento, quizás siempre un poco escéptico, pero que al final dirá, como Unamuno: “Oh padre eterno, acógeme en tu dulce hogar, pues vengo cansado del duro bregar”. 

Qué espléndida ocasión nos ofrece Zamora todos los años con su Semana Santa para, sin tener que llegar al final de la vida como el escéptico, escapar del mundanal ruido e irnos, con Fray Luis de León, por la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido.

Sí, la Semana Santa puede ser para nosotros todos los años esa senda y así acogernos y recogernos, al menos durante ese breve plazo en el sereno hogar de nuestro Padre que murió por nosotros y en Él, en ese dulce hogar que bien resuenan los lirios escritos por otro gran poeta castellano San Juan de la Cruz: “Pasó por estos campos con premura, yéndolos mirando, con solo su figura, vestidos los dexó de su hermosura”.

Quiera Dios que la Semana Santa que hoy pregono, al menos por unos pocos días, nos acoja en el hogar divino, nos aleje del mundanal ruido y nos vista con los hábitos semanasanteros y con la hermosura de la gracia de Dios. 

Cómo me gustaría que hoy os sintierais conmigo como el cartero “Il Postino” de Neruda para pensar que la poesía no es de quien la escribe, sino de quien la escucha, de quien la disfruta, de quien la comparte. 

Es difícil, muy difícil lograr que el lenguaje escrito llegue a hincar el diente en el alma. Sin embargo, también es verdad que cuando algo parecido ocurre, en esos escasos momentos que todos hemos podido sentir alguna vez, momentos de resonancia entre lo que oímos o leemos y lo que sentimos o queremos o necesitamossentir, en esos momentos, las palabras, el lenguaje, se muestran superiores a todo, incluso a la más bella de las músicas, porque la expresión acertada de un pensamiento se aparece como la muestra más genuina del binomio material-espiritual que mejor llega a nuestra alma. 

Es esa pareja de belleza estética y de rigor ético la que emociona, la que da sentido y grandeza a la esquizofrenia material-espiritual en que nos es dado vivir, que también se produce en nuestra Semana Santa.

Es esa pareja material y espiritual, litúrgica y mística, jubilosa y trágica, la que vivimos en estos días, y es también la que nos encontramos con asombro infantil en cada esquina del camino de la vida, la que le da la grandeza y humildad que nos hacen sentirnos Dios y hombre, y la que al final, se refugia en la esperanza de la fe, nuestra mejor compañía. 

Por ello, y como final de este comienzo, sólo me queda decir que sepáis perdonar estas pobres palabras mías que salen del recuerdo y del corazón. Y, recogiéndome en el refugio divino que a todos nos ampara, sólo pido a Dios, que hoy, Domingo de Ramos, haga un milagro más y las embellezca y engalane, y os suenen a música celestial y las lleve volando desde mi corazón y desde mi alma, y las pose también en el alma de vuestros recuerdos y en vuestros corazones.
 
 

EL PEREGRINO. 

“A Zamora 3 Km.” rezaba un viejo indicador que había en el camino vecinal olvidado que aquel Peregrino traía. 

El peregrino.

Había pasado por el horizonte infinitode mieses de soledad dorada de Tierra de Campos, Tierra de Pan.

Había recorrido los valles que ya apuntaban el verdor vertical de los primeros brotes primaverales en los chopos de las riberas de lastierras de agua de Benavente y de Vidriales y de la Carballeda.

Había contemplado las montañas azules de la Sanabria con sus puntillas de nieve blanca que apuntan al mar de la Galicia atlántica.

Había hollado las pizarras de ébano y los valles amarillos de Albay lastierras bellas de musgo verde y jara blanca de Aliste.

Había visto las aguas delpadre Duero, que cruza con su infinita estrofa nuestras tierras zamoranas entre el asombro de los álamos y el mágico vuelo de los pájaros, y lo había vistovenir sereno desde el Oriente yrecoger alEsla, y los dos irse alegres de la mano, paramarcar la raya entre tierras de Zamora y tierras de Portugal, por Sayago entre piedras y tomillos, allá por la Lusitania por donde la leyenda y la historia cuentan de la heroicidad zamorana.

Había contemplado las viñas que serán oro dorado en el otoño de la tierra del vinoy de las que nacerán ríos de vida roja que llegaran a Toro, desde cuya atalaya, la cúpula de su Colegiata oteara a su hermana zamorana, orientales las dos, casi bizantinas, recordando siglos de la creación de España.

Y entre mares de encinas, el peregrino recogió su nostalgia eterna y entró en la ciudad de Zamora, por alguna de sus puertas que le abrió la historia, cuando el mundo se acababa por allí, antes del finis terrae, en el horizonte dela Castilla y de León, por donde el sol se pone sobre las tierras de Europa, nuestra nueva patria, y se va también, él a hacer las Américasentre mares depúrpura. 

Poco después y ya en la ciudad, de las manos de una mujer, conmovida al verlo fatigado, pudo saciar su sed el recién llegado. De qué modo tan natural y sencillo la mujer, cualquier mujer, saca de sí misma arroyos de ternura. Y cómo siempre sabe hacerse alumna de la bondad que acumula en su interior.

Y, la mujer misericordiosa, dio de comer al hambrientoy dio de beber al sediento, compartiendo con el,un hermoso pan y un excelente vino que salen por elmilagro repetido de Dios y los hombresde las entrañas de esa dura tierra 

Llego a este lugar desde un camino tan largo como la historia. Y vengo a esto... El Forastero señaló un cartel anunciador de la Semana Santa, colgado de una de las paredes de aquella casa que le había recibido.

Ya. Es el "Cinco de Copas". Bueno... (rectificó la buena mujer, como queriendo explicar mejor las cosas), de verdad se llama "Camino del Calvario" y comienza a recorrerse a las cinco de la madrugada.

¡No!, -exclamó el Peregrino- como en un susurro-, es la vida entera. La vida es un CAMINO, y el camino una PASIÓN.

La mujer escuchó aquello. No entendió muy bien lo que el Peregrino quiso expresar, pero la frase estremeció su corazón. Abrió sus ojos y, al recorrer de arriba abajo la figura de aquel hombre, percibió que estaba descalzo.

-¿Cómo te llamas?,-le preguntó el Recién llegado- 

-Verónica, señor. Me llamo Verónica. 

¿Quién será ese Peregrino que se esconde de la prensa, al que nadie ha invitado y que tampoco viene como predicador para estos días de ninguno de nuestros templos parroquiales?

Nadie ha escuchado ni anunciado el ruido de sus pasos. ¿Qué lluvias lo habrán empapado durante su camino hacia nosotros? ¿Qué soles? ¿Qué fríos? ¿Qué luz interior supo traerlo a la ciudad? ¿Qué fuego dió consistencia a sus pobres huesos para que resistieran la andadura hasta nosotros? . 

Han pasado más de veinte siglos, y hoy ese Hombre llega a Zamora.

¿Cómo explicar que un padre condenase a morir a su hijo para salvar a unas criaturas que le han ofendido?.

El relato de la Pasión estipula los infinitos valores que forman parte de nuestra vida aunque nuestra terquedad en no ceder ante ellos ni ante Dios haga que este tenga que matar a su hijo por nosotros.

El relato de la Pasión angustió a Hegel, deslumbro a Nietzsche, resonó con Bach, e hizo temblar a Pascal y a Dostoyeski.

No es un cuento chino sino el relato de nuestro origen.

¿Y, si de verdad estuviera como hombre entre nosotros? 

¿Qué pensaría? ¿Qué sentimiento tendría al ver esta vida nuestra y al contemplar cómo recreamos lo que Él hizo por nosotros?

¿Qué pensaría de nuestros constantes lamentos, cuando en lo material tenemos lo que nunca tuvimos y 1.000 km. al sur se matan por venir a nuestro infierno, y nosotros nos quejamos?

¿Qué pensaría de nuestro aparente desánimo cuando parecemos vivir solo pendientes de nuestros infinitos derechos y nuestra esclavaprosperidad?

Mientras que a Él, con malos tratos, y sin ninguna defensa, lo crucificaron con un juicio injusto. 

¿Qué sentimientos tendría, al ver con sus propios ojos que parecemos pensar que la culpa de todo lo que nos pasa es siempre de un “los otros”, de un “los demás” de los que nosotros, genios individuales, no formamos parte?

¿Qué diría de nuestra aparente falta de solidaridad para todo lo que no sea nuestro propio yo, y no sólo en lo material?

¿Qué opinión tendría de nuestra búsqueda permanente de la comodidad y del placer, Él que sacrificó todo por nosotros? 

Quizás fuera conveniente que aprovecháramos esta semana para pensar que sí, que va estar con nosotros, sí que estará en Zamora, en nuestras calles en el occidente de la Castilla y León, en las tardes y en las noches de los días santos, entre el suave rumor de túnicas y música de Thalberg.

Y nosotros lo acompañaremos. Sí, en esta Semana Santa estará acompañado por los hermanos de las cofradías y hermandades y todas las horas de la vida por la fe y la devoción de los zamoranos.

Estarás tú en la Zamora de Castilla y León, Cristo hombre, Cristo muerto, madera de dolor, paisano Cristo y allí vivirás oyendo el rumor del Duero que te llora.

En nuestra Zamora mística y serena, Cristo hombre, Cristo muerto, madera de dolor paisano Cristo, tendrás altar patria y hogar en nuestra ciudad del alma.
 
 

LA CALLE.

Viernes de Dolores y Sábado de Dolores, qué poco os puedo decir, y cuanto lo siento; mis andanzas, que me han tenido lejos de Zamora en muchas Semanas Santas, me han impedido contemplar esos nuevos desfiles así como los mas recientes del Lunes y Martes Santo.

De ellos, hoy me queda poco más que confesar mi admiración por sus creadores, por sus protagonistas, que, en contra de otros pronósticos más pesimistas que parecen rodear la vida zamorana,han conseguido generar estas preciosas iniciativas y prenderlas también en el hermoso ramo de flores que es la Semana Santa zamorana.

Cofradías y Hermandades, que como todas han conseguido ser el mejor referente para la unión de los zamoranos.

Recuerdo que un día, de chaval, soñé que algunos extranjeros crueles nos invadían, y en mis sueños, no se me ocurrió mejor remedio para defendernos que acudir a las Cofradías, la mejor forma de convocar a los zamoranos colectivamente.

Viernes de Dolores, tradición en los hogares zamoranos, que no disfruté en mi infancia ni en mi juventud, pero que he contemplado ya, con los años,con el mismo recogimiento que tienen todas esas Hermandades Penitenciales de la noche zamorana. 

Aperitivo de la gran Semana de Pasión que se inició el jueves por la tarde-en romería popular y devota- con el traslado del Nazareno de San Frontis desde su Iglesia hasta la Catedral. 

Cristo del Espíritu Santo,antiguo mas que viejo entre cardos y cirios, encontrado por un niño, emparedado y mutilado que viene desde el barrio, que pasa por la calle del Troncoso, esa calle por la nos escapamos del tiempo presente, nos vamos al medievo,entre la Catedral y San Ildefonso. 

Le suben por la Cuesta del Mercadillo hasta la Catedral, y allí, se unen barrio y ciudad, en esa plaza que todos hemos vivido, en esa hermosa plaza que nos enorgullecea los zamoranos cuando la enseñamos con la picardía socarrona y campesina del que sabe que esta enseñando con modestia algo maravilloso, allí el Cristo se serena, se reposayse le canta, en esa plaza, seno de laSemana Santa, que nos une a todos. 

¡Qué bonito! que una Hermandad, -Nuestro Señor Jesús Luz y Vida- además de rememorar la pasión de Cristo, haga de su procesión una oración abierta y recuerde a todos aquellos que hicieron posible la Semana Santa de Zamora y se trasladen hasta el campo santo de San Atilano, y allí donde los creyentes sabemos que yacen sólo los restos mortales de nuestros familiares y amigos, se rece, en emotivo acto, una oración por su eterno descanso. Y ya en comunión con los Santos, nuestros fieles difuntos dirán “ahí van nuestros hermanos, los continuadores de la Semana Santa más hermosa del mundo”. Esto nos debe reconfortar y hacer que el camino sea llevadero y la Cruz ligera, y Él nos acogerá, el mismo que acercamos a hombros hasta San Atilano. 

Domingo de Ramos, el que no estrena no tiene manos, bautismo semanasantero de los niños, yo ya no recuerdo el mío, pero sí creo recordar el de todos mi hijos, impacientes nerviosos, por querer salir en La Borriquita. 

Domingo de mi infancia, niños coloradotes, palmas, trajes de domingo, algarabía, zapatos nuevos que aprietan. A ver la procesión, me lleva mi madre, desde abajo no veo mucho, voy cogido de su mano, huele bien, veo a Jesús subido en una borriquita, rodeado de niños relucientes de rosa y blanco y niñas de azul y blanco, pasaron los años, Jesús cambio de borriquita y los que iban de azul y blanco y rosa y blanco eran mis hijos, entusiasmo al comienzo, cansancio al final, con ellos en brazos, cuando Jesús aún no había vuelto a Sta. María la Nueva.

Tarde de Lunes Santo, de chaval siempre en Zamora, de mayor casi nunca y siempre añorándola, ¡cuantos Lunes Santos, he pasado fuera de aquí! y que raro se me hacía, yo en otros mundos, en otros afanes pensando que aquí ya era Semana Santa, ya estabais con Cristo en la calle, y yo me decía, pero quien me manda a mí estar hoy aquí tan lejos de mi tierra.

Tarde del Lunes Santo, “Jesús en su Tercera Caída”, negro y blanco de raso, elegancia, resignación, caballerosidad; entre otros, la fundó mi suegro, hoy desfilan mis hijos pequeños, la procesión nos une, nos une en la familia, y nos une en la España reconciliada y en paz. 

Sale de San Lázaro, para mí, iglesia de paso, si, con mi padre, subiendo por la cuesta de la Morana para hacer alguna visita en la Cañada de las Merinas o en el Molino de Redoli. 

Pero ahora San Lázaro no es iglesia de paso, es el vientre y el joyero donde se crea otra procesión, está de gala, está llena de cofrades, que serán los primeros testigos adultos ya de la pasión de Cristo en Zamora, primero verán despedirse al Hijo de la Madre y luego le verán cargar con la pesada cruz que le hará caer por tres veces; en una de esas caídas, la tercera, sube Cristo caballero por la calle del Riego hasta la plaza, y allí preside el Cristo caído el rezo de la ciudad por los difuntos, flanqueado a ambos lados por la Virgen de la Amargura y la Despedida a los sones de “Mater Mea”. Se encogen los corazones y ya afloran las primeras emociones.

Jerusalén, Jerusalén, convertere, convertere... A la medianoche del Lunes Santo, otra penitencial, ya arraigada en la semana de pasión, La Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo de la Buena Muerte.

Aquí el joyero es San Vicente, donde yo también iba con mi padre a rezar ante la niña Virgen de Fátima, allí arrodillado de chaval entre sus pastorcicos. 

Va camino de la Plaza de Santa Lucía. Allí a la luz de las teas y entre el silencio sobrecogedor, brotan los salmos del coro “Oh Jerusalem” o “Deus meus, ut quid dereliquisti me”... Cristo crucificado, por primera vez en Zamora, portado en plano inclinado, al son de dos tambores. ¡Qué belleza! ¡que serena belleza! Que paz transmite.

Procesión del Vía Crucis, desfilando hermosa sobre el puente medieval, entre Zamora y San Frontis, dejadme que os diga que siempre que la he visto pasar por allí, me he dicho que quizás el mejor uso de ese puente ahora castigado por el tráfico es el de servir de paso a la triste pareja: el Nazareno y a la Virgen de la Esperanza en su camino de dolor del Martes Santo entre Zamora y San Frontis.

Las Siete Palabras, la primera de las nuevas,que nos recuerdan que El Verbo se hizo Carne y habitó entre nosotros, que desfila el Martes Santo de anochecida y se acompaña con bombos destemplados para anunciarnos que el dolor ya esta ahí, y que también reza por nosotros en ese sermón de las siete palabras.

La primera procesión que integra a las mujeres con hábito y caperuz, que pasó su purgatorio al nacer, aunque hoy ya estácomo una constelación mas en el cielo de lasemana santa zamorana. 

Otro Cristo, otra iglesia zamorana, iglesias y Cristos, continentes y contenidos, joyeros y joyas, vientres y frutos de losque nace la Semana Santa zamorana. Ésta nace en la Horta, y desde allí procesiona por Zamora en el enigma de las siete frases pronunciadas por Cristo en la cruz. .

Calles de Zamora en Martes Santo, que unís el Vía Crucis con las Siete Palabras, al Nazareno con La Esperanza, y que vais cruzadas por un mar de personas que buscan a Dios y lo encuentran Cautivo, que piden y se les concede la Gracia y la Esperanza, ¡Seguidla!.

Cristo caminante, caminará la Cofradía cada vez que ratifica su vínculo de hermandad; caminará el cofrade, al actualizar ese compromiso de ser hermano del otro y, en definitiva, todos peregrinaremos en la procesión cuando para dar culto a Dios, atravesamos las limitaciones del templo y sacralizamos, con la presencia de las imágenes, los espacios urbanos.

Huele a incienso y a primavera, ya se ha colmado el atrio de la bella catedral, y los jardines del castillo, donde tanto zamorano ha buscado el amor y la paz,se ha llenado de gente que trepa por las tapias, por las columnas, por las verjas, se ha llenado de hermanos rojos y blancos, de caras de toda la vida, que vuelven a casa esta tarde noche del Miércoles Santo, aquí junto al Duero que abraza a la ciudad, la besa, y se va por el oeste,noche de encuentros de caras viejas que fueron jóvenes, de amigos que no están, de padres que se fueron, noche melancólica, serena y eterna noche del Miércoles Santo junto a la Catedral de Zamora. 

Siento el calor del terciopelo en mi aliento, pasan las alas rojas de las capas de los mayordomos, mientras contemplo al sol que se va dorado y malva, entre el cielo azul, las nubes cárdenas y los montes verdes allá por el oeste, por donde se va el Duero.

Vamos pasando al atrio, hay mucha gente en la tarde dorada y azul, nos vamos colocando, estoy frente a la puerta, nos arrodillamos, juramos silencio, y me asombro una noche mas de esta vida mía, viendo aparecer majestuoso y agónico, bello y trágico, el Cristo de las Injurias, Cristo Señor, Señor Cristo, talla de dolor, pasando por una de las puertas de mi vida, por la que un día entré solo y salí con mi mujer y mis seis hijos. 

Sigo oliendo el terciopelo de mi aliento, por la puerta de la catedral, una de las puertas de mi vida, sale el Cristo del dolor, trágico y hermoso, Cristo Señor, Señor Cristo, clavado en la cruz, comienza a balancearse el pebetero, la tarde se llena de atardecer y de incienso y sobre todas las cosas, la tarde se llena dela pasión de Cristo de la belleza trágica de su muerte, mientras, el sol entre el cielo azul, las nubes cárdenas y los montes verdes también se arrodilla con nosotros, allá por el oeste, por donde se va el Duero. 

Comienza la procesión, terciopelo en mi aliento, silencio en mi boca, ansia en mi alma, voy con mis hijos, dos horas de compañía en soledad, de silencio, dos horas para mí, en esta vida densa que uno lleva; que difícil es, hoy, tener dos horas para uno, y que lujo tenerlas para uno y para Dios.

Para ese Dios que me gustaría encontrar, tener mas cerca y que la Semana Santa y esta procesión, me ayudaran a encontrarlo y Dios quiera, a tenerlo.

Las gentes se apretujan en las aceras estrechitas, caras de asombro en los mas jóvenes, de pena en los mas viejos, me vuelvo y veo a Cristo clavado en la cruz, majestuoso y trágico, tocando con sus brazos los balcones de la Rúa, recortado sobre la preciosa cúpula de nuestra Catedral, después de haber pasado por una de las puertas de mi vida, mientras, el sol arrodillado, rojo y malva, entre nubes cárdenas y cielo violeta, se va allá por el oeste. 

Se queja la carraca, llora el bombardino, baja el Cristo del Amparo, Cristo paisano, paisano Cristo entre cardos y dolor, baja el paisano Cristo a brazadas de los hermanos entre mieses de noche y de pena por la Cuesta del Obispo,camino del río, pesa la capa alistana, capa de pastor, capa de alba, huele a campo y a rebaño y a soto y a soledad, tintinean los faroles.

Se queja la carraca, llora el bombardino, el Cristo paisano, paisano Cristo, ha pasado por el Arco que le abre la noche,va camino de ese río que lame la ciudad, la besa, y a veces en febrero se alborota, pero hoy parece que hasta el río se ha callado, se ha puesto de plata para ver y reflejar la mística de la pasión de Cristo.

Se queja la carraca, llora el bombardino, ya están casi en el río, la Plaza de San Claudio de Olivares se ha llenado de gentes que quieren ver al Cristo paisano, paisano Cristo y oír el Miserere.

Se calla la carraca, se apaga el bombardino, se para la plata del agua del río, hasta la luna, asombrada de la belleza de esta procesión rural esencia de la pasión de Cristo en Aliste, se detiene a contemplar.

Se calla la carraca, se apaga el bombardino, se para la plata del agua del río, se asombra la luna, se entona el Miserere Castellano, desgarrado y medieval, popular y trágico, se agachan los cargadores, y de un golpe de yunta, meten otra vez al Cristo en la iglesia, lo devuelven aSan Claudio hasta otro año, ya es Jueves Santo. 

Mañana de color, verde de esperanza, la peineta de mi madre, siempre a ultima hora, con prisas, falta algo, llevarla en coche a Cabañales,cruzar el río con la Virgen verde de capa, verde de agua, amor y piedad azul de cielo, la Virgen sube a Zamora, le espera el dolor de su hijo, al cruzar el puente el viento le da en la cara y le seca las lágrimas.

Cristo hijo: Ella estuvo conmigo, junto a la Verónica enjugándome el rostro; conmigo cuando me caí por primera vez con la cruz a cuestas; conmigo cuando el Cirineo es obligado a ayudarme; conmigo cuando por segunda vez me caigo; y una tercera….

Ella estuvo conmigo cuando consuelo a las santas mujeres; conmigo cuando me despojaron de mis vestiduras; conmigo cuando me clavan en la cruz; también cuando me elevan y pido a mi Padre que aparte de mí este amargo cáliz; Ella estuvo conmigo cuando me bajan de la cruz y me ponen en sus brazos….

Y ahora vestid conmigo vuestra capa y cubríos con el anonimato del caperuz para acompañar a “La Esperanza de Zamora”.

Acompañad a la Señora que cruza el Puente a los pies del Duero. Caminad tras ella. Uníos todos los que la habéis rezado, a uno y otro lado del Puente; acudid todos los que alguna vez os habéis arrodillado ante Ella para contarle vuestras penas, porque con Ella va prendida la piedad popular.

Venid conmigo nazarenos de Zamora, acudid para mitigar los dolores y la soledad a la Virgen que día y noche espera. Venid conmigo, nazarenos y hermanos todos de Zamora y contemplad como María está devolviendo la diaria visita a todos los que se acercan por el Puente y nos sigue ayudando a vadear el río de la vida.

Verde de agua, verde de capa, verde de esperanza, el río que ha visto todas la Semanas Santas de la historia, parece que le hace un guiño a la Virgen, parece que le dice que no llore, que el Domingo reirá, así en esa escena entre la Virgen y el río, el río y al Virgen, nace la esperanza. 

Las calles de Zamora se han llenado de gente, el gran teatro de la pasión zamorana comienza su segundo acto, lo abre esa tarde del Jueves Santo como cada año la Vera Cruz, disciplina y penitencia.

Comienza lo más tradicional, hasta aquí ha sido, casi una Semana Santa de diseño, ahora viene la que nos escenifica la pasión, la mas imaginera, la mas gráfica, la que nos gustaba de chavales porque nos contaba con sus pasos el único cuento que nos acompañará de por vida, el único cuentoverdadero, el de la Pasión de Cristo.

Pasan 12 zamoranos cenando con Cristo, compartiendo con Él las vísperas de su dolor.

Se mueven las ramas del olivo, Jesús reza arrodillado en el huerto de Getsemani, que está en la calle. 

Se alejan las ramas del olivo, en el huerto donde oró Jesús, pasa el Prendimiento y se acerca Pilatos lavándose las manos, las gentes le miran con cara de desprecio. 

Procesión hasta con merienda en la catedral, las familias se reúnen, vuelta a la plaza, procesión de pueblo que ahora es ciudad digna.

Pasa la Sentencia y la Flagelación y viene otra vez Cristo con corona de espinas, Ecce Homo, manto rojo, soga al cuello y una caña en la mano.

Pasa Jesús Nazareno, imagen querida y popular, imagen en la tierra, con los pies en el suelo, mas cerca de los hombres que los crucificados, más cerca de Dios.

Pasa la Dolorosa, belleza de Virgen, belleza de madre, belleza en el dolor.

La multitud se recoge por unas pocas horas, descansa del ajetreo y se prepara para la gran noche semanasantera, aquella, en la que por primera vez de chavales, podíamos pasar fuera de casa. 

Son las once de la noche. Hace frío. Cada calle de Zamora es como una arteria de Jerusalén, como un afluente del Jordán, como un depósito del lago Tiberíades, como un risco del Tabor o una prolongación del Emaús. 

Pasauna nube, rasga la luna llena, pasa una estrella rasga el cielo, noche blanca y azul, negra y morada, noche del Jueves al Viernes Santo, equinoccio de primavera, hace fresco y limpio, la multitud comienza a contener el aliento en la plaza de Viriato, pasa una cigüeña y rasga con su vuelo las siluetas familiares: la torre del Parador que fue Hospicio, la cúpula de la Concepción, la torre de San Cipriano, comienza a sonar hermoso y trágico el Miserere. 

Pasa una nube rasga la luna, pasa una estrella rasga el cielo, noche de primavera, asombro, silencio, dolor, en la noche negra y morada y blanca y azul, de la plaza de Viriato. 

Ya se oyen los pasos descalzos, ya se oye el arañar de las varas de los hermanos que sujetan las parihuelas sobre el adoquín, ya se oye el golpeteo de los hachones sobre los cantos, ya se oye el arrastrar y rebotar de las pesadas cruces, ya se oyen las campanillas del viático, ya se oye hasta el aliento de los cargadores, ya se adivina el tintineo de las velas....., por una esquina, entra el Cristo trágico, solo, desnudo, bello, frío de muerte, blanco de sudario. 

Plaza de Viriato, en San Pedro, plaza de verano, alegre y bullanguera llena de buhoneros y de cazuelas y de turistas y de niños, hoy noche del Jueves al Viernes Santo,plaza de noche, blanca y azul y morada y negra, plaza de luna, plaza de cielo, plaza de asombro, plaza de Miserere, plaza de dolor, plaza de Cristo. 

Pasa una nube rasga la luna, pasa una estrella rasga el cielo, pasa la cigüeña y rasga una torre, pasa Cristo yacente, muerto, solo, desnudo, pasa por la plaza de Viriato, bajo el cielo y la nube y la luna y el Miserere en la noche azul y negra y morada y blanca, y…… nos rasga el alma.

Larga y corta noche en vela oyendo el destemplado Merlú convocando a los hermanos.

Jose.. Jose…levántate., que no llegas… este chico…anda que no dió guerra para apuntarse y ahora no va a llegar…

Estamos en la iglesia de San Juan, suenan las notas eternas de la marcha de Thalberg, es el momento que esperan los zamoranos, es el momento de siempre, pero siempre nuevo, se levanta el “Cinco de Copas”… Hace fresco, huele a churro y garrapiñada, los hermanos se apiñan con su cruz al hombro cubiertos de Laval y de rocío mañanero, oculto el rostro.

Pasa la Caída con su espléndida cabeza de Cristo, inspirada en el pasmo de Sicilia, el Cirineo ayuda a Cristo, seguido por la Virgen y la Magdalena, y rodeado de sayones y de un niño con una cesta con clavos martillo y tenazas: lo van a crucificar. 

Pasa Redención, digno, precioso y las Tres Marías y San Juan, Paso dorado, pasa la Virgen y San Juan y detrás María Cleofás y la Magdalena y la Verónica, con cara de diosa griega.

Thalberg llena el aire fresco de la mañana del Viernes, templa nuestro destemple, pasa Redención, solemne, magno, grandioso, con el que se quiso sustituir al Cinco de Copas, pero al final los dos perviven en esta mañana de Viernes Santo, noble el uno, popular el otro, dos caras de esta Semana Santa, semana de Zamora, semana de todos, noble y popular, para asombro de los chopos que quisieranbrotar enla Marina.

Pasa Jesús, lo desnudan dos sayones, otro hace el agujero en la cruz, pasa la Crucifixión, nueve figuras que se salen de la mesa, a Cristo lo están clavando en la cruz cuatro sayones, mientras lloran la Virgen San Juan y María Magdalena.

Elevan la Cruz, siguen llorando la Virgen y San Juan y María Magdalena, Jesús agoniza, el dolor rompe a la Virgen y a San Juan y a María Magdalena.

Suena Thalberg, enorme y familiar, nostálgico y trágico, pasa el Camino del Calvario, Cinco de Copas, icono popular, querido airoso y singular de la Semana Santa zamorana, se columpia en el aire el dogal con el que el sayón sujeta el cuello del Nazareno, suena Thalberg, majestuoso y triste, nostálgico y familiar mientras el brazo del centurión apunta a Santa Clara, camino del calvario. 

Cierra la Soledad, le han hecho reverencia todos los pasos en las Tres Cruces, va recogidita, triste, sufriente, reza, con sus manos juntas, lágrimas de dolor caen por su carita de cera viva, mientras su rosario se mueve al viento siguiendo a Thalberg, majestuoso, familiar y triste. 

Cristo está muerto, lo llevan en una sábana al sepulcro San Juan y José de Arimatea y Nicodemo, detrás la Virgen y las santas mujeres, ya es Viernes Santo por la tarde, desfila el Santo Entierro.

Pasa San Juan y Nuestra Señora, y pasa el Santo Entierro, estamos en su procesión, terciopelo negro, enseñas doradas, luto lujoso para acompañar a Cristo muerto en esta tarde cumbre de la Semana Santa zamorana.

Pasa el Retorno al Sepulcro, la Virgen y San Juan se marchan del sepulcro, La Magdalena sigue junto a la tumba, Nicodemo y José de Arimatea contemplan la escena, ¡precioso paso!, pasa la Virgen de los Clavos manto francés de Lyon. 

Pasa el Descendido, siete figuras: la Virgen, San Juan, la Magdalena, María Salomé, María Cleofás, José de Arimatea y Nicodemo lloran sobre Cristo muerto, pasa La Piedad, otra señal andaluza en la Semana Santa zamorana, Cristo muerto sobre el regazo de la Virgen.

Tarde de Viernes Santo, multitud, gente, uniformes, la marcial banda de la marina, las escoltas de los pasos, los fusiles a la funerala, todos de funeral, el funeral eterno de nuestro drama, el que, cada año,le damos a nuestro amigo Cristo que se hizo hombre para morir por nosotros.

Pasan lasautoridades, unas veces dentro y otras veces fuera, la procesión del todo Zamora con representación de todas las Cofradías, el Santo Entierro, negra y dorada, alto en la Catedral, vuelta a la plaza, apoteosis semanasantera, día de forasteros, de comidas a deshoras, de bacalao, de aceitadas, de garrapiñadas…

Huele ya a final, y tengo que confesaros y creo que lo compartiréis, que siempre cuando llega el final del Santo Entierro, y aunque aún nos quedan Nuestra Madre, y el Sábado y el Domingo, sentimos una cierta pena, porque se acaba la Semana Santa.

De chaval se acababan las vacaciones escolares, la convivencia libre y animada con los amigos, de mayor, se acababa la estancia dulce en la ciudad del alma y tocaba volverse, 70 veces, entre idas y venidas hice y lo hicieron conmigo los míos el viaje desde Zamora a Bruselas, y 15 de ellas fue regresando aún con las pupilas llenas de las imágenes semanasanteras.

Cuantas veces regresamos desde Zamora a Flandes, con los ojos empapados de imágenes semanasanteras, y los oídos llenos de su música.

Cuantas veces envolvimos nuestra nostalgia con el equipaje y regresamos de Zamora al Flandes brumoso, esperando otro Domingo de Ramos y otra Resurrección.

Por la noche Nuestra Madre, va más triste que nunca recorre las calles casi siempre lluviosas, imagen de vestir que expresa todo el dolor, amor y esperanza de la mujer que fue Virgen y Madre.

Sobre ella Cristo muerto. Detrás la Cruz de Carne, Cristo otra vez crucificado, dolor de madre, dolor de todos, suena Thalberg, triste y solemne, llora Nuestra Madre, le acompañan las mujeres y los hombres zamoranos, se acerca el final.

La Soledad que ha cerrado la procesión de la madrugada, vuelve a salir la noche del Sábado, ha cambiado el rico manto de terciopelo bordado en oro por uno sencillo de luto riguroso.

La Soledad, ¡qué paz respira esta imagen! se ha recogido, se ha enlutado, la acompañan filas interminables de lutos y velas encendidas... es la oración de todas las madres e hijas de Zamora. Esta noche la ciudad se queda como huérfana pero será solo por unas horas.

Tiros de domingo, olor a churros y a dos y pingada, Plaza Mayor, gaita y tamboril, procesión de pueblo, el pueblo de procesión, claveles en las varas, alegría en las caras, 

Viene la Virgen, casi niña, hasta el encuentro de negro, después de azul. Viene Jesús Resucitado, con capa carmesí.

Jesús encuentra a su madre en la Plaza y los dos juntos se van de la mano, camino de casa.

Ultima Procesión de la Semana Santa. Primera romería de la primavera.

LA DESPEDIDA.

Se acaba la Semana Santa, se acaba mi pregón.

Es el momento del adiós entre nosotros, pero creo que deberíamos de terminar pidiendo al que ha venido que se quede.

Que se quede no sólo en la Semana Santa, que se quede en la Zamora de Castilla y de León, como Cristo Hombre Resucitado, como Cristo de alegría, de optimismo, de trabajo de creatividad, de ilusión, como Cristo de amor de caridad de libertad como Cristo de paz y de solidaridad, que se quede aquí con nosotros oyendo el rumor del Duero que antes le lloraba y ahora le canta, le suplica que se quede .

Y ya cuando el Peregrino aquel, que a Zamora había llegado al inicio de la semana -os acordáis-, sin móvil y sin cortejo, y al que la prensa nunca entrevistó, se encontraba a punto de abandonar la ciudad, allá, a la altura de la Cruz del Rey don Sancho, aún en el ambiente el olor a pólvora de las escopetas del Resucitado, un zamorano corrió tras Él para cogerle de la Capa Parda que vestía e impedir así que se marchara.